

BLAS DE LEZO | EL MEDIOHOMBRE
Blas de Lezo y Olavarrieta nació en 1689 en Pasajes, Guipúzcoa, en una familia vinculada al mar. Con apenas quince años ingresó en la Armada y recibió su bautismo de fuego durante la Guerra de Sucesión Española, en la batalla naval de Vélez-Málaga de 1704. Allí una bala de cañón le destrozó la pierna izquierda, que tuvo que ser amputada. Lejos de abandonar la carrera militar, continuó sirviendo y pronto demostró una extraordinaria capacidad para el combate y el mando. Durante los años siguientes participó en numerosas operaciones navales y terrestres. En 1707, durante los combates de Tolón, perdió la visión del ojo izquierdo a consecuencia de las heridas sufridas en combate. Años después, durante el asedio de Barcelona, una bala de mosquete le dejó inutilizado el brazo derecho. No lo perdió: quedó prácticamente sin función. Para entonces, aquel joven marino había quedado marcado para siempre por la guerra: una pierna amputada, un ojo perdido y un brazo inutilizado. De ahí surgiría el sobrenombre de «Mediohombre». Pero sus heridas no frenaron su carrera. En 1710, al mando de una fragata, protagonizó una de sus acciones más célebres al enfrentarse y capturar al navío inglés Stanhope, mucho más poderoso que su propio buque. Durante los años posteriores continuó combatiendo y realizando numerosas capturas, hasta convertirse en uno de los oficiales navales más respetados de la Corona. Posteriormente fue destinado a los Mares del Sur, donde combatió contra corsarios y protegió los intereses españoles en el Pacífico. En 1732 participó en la expedición española que recuperó Orán, y poco después recibió otra misión que demostraba su carácter: Génova debía dinero a la Corona española y Lezo llegó con su escuadra para exigir el pago. Amenazó con bombardear la ciudad si no cumplían. Los genoveses terminaron pagando sin que fuese necesario disparar un solo cañón. En 1737 fue destinado a Cartagena de Indias, una de las plazas más importantes del Imperio español en América. Allí encontraría el mayor desafío de su vida. En 1739 comenzó la Guerra del Asiento entre España y Gran Bretaña y, en 1741, una enorme expedición británica al mando del almirante Edward Vernon atacó Cartagena. Los británicos contaban con una fuerza abrumadoramente superior, mientras que Lezo disponía de una reducida guarnición y apenas seis navíos de guerra. Lezo comprendió que no podía derrotar a los británicos en una batalla convencional. Utilizó entonces las fortificaciones, el terreno y los obstáculos naturales para desgastar al enemigo y obligarlo a combatir en condiciones desfavorables. Tras una dura lucha en Bocachica, los británicos avanzaron hacia Cartagena y finalmente concentraron su ataque sobre el castillo de San Felipe de Barajas. Allí la defensa española consiguió detener los asaltos. El foso construido frente a las murallas impidió que las escalas británicas alcanzaran correctamente la fortificación, y los ataques terminaron fracasando. La enorme expedición británica tuvo que retirarse. Cartagena había resistido y España había obtenido una de sus grandes victorias defensivas del siglo XVIII. En Gran Bretaña incluso se habían acuñado medallas celebrando anticipadamente una victoria que nunca llegó. Lezo había conseguido defender la plaza frente a un enemigo varias veces superior, convirtiendo aquella batalla en el episodio más célebre de su carrera. Sin embargo, la victoria tuvo un precio. La dureza del combate y las enfermedades sufridas durante el asedio deterioraron gravemente su salud. El 7 de septiembre de 1741, pocos meses después de la defensa de Cartagena, Blas de Lezo murió. Tenía alrededor de cincuenta y dos años y llevaba más de tres décadas sirviendo en combate. Su vida había quedado marcada por las heridas: una pierna perdida, un ojo perdido y un brazo derecho inutilizado. Sin embargo, nunca abandonó el servicio ni dejó que sus limitaciones físicas determinaran su capacidad como soldado y marino. La famosa frase «Todo buen español debería mear siempre mirando a Inglaterra» se le atribuye con frecuencia, pero no existe evidencia documental sólida de que realmente la pronunciara. Su verdadera historia no necesita frases inventadas: basta con sus hechos. Blas de Lezo comenzó su carrera siendo un adolescente y terminó convirtiéndose en uno de los grandes marinos españoles de la Edad Moderna. Perdió parte de su cuerpo en combate, pero nunca perdió su voluntad de luchar. Y cuando llegó el momento decisivo, un hombre cojo, tuerto y con un brazo inutilizado se convirtió en el principal responsable de que Cartagena de Indias no cayese ante una de las mayores expediciones militares de su tiempo.